Qué se hace con los recuerdos

“Cada vez tengo más la sensación de que en realidad los recuerdos no son tales. Uno, creo que es imposible el olvido. Se habla tanto de la memoria como si fuera posible olvidar, pero realmente nadie olvida nada, todos recuerdan todo. Entonces el gran problema es saber qué se hace con los recuerdos, no como se evita el olvido. No hay manera de olvidar, qué se hace con los recuerdos”.


Cada vez tengo más la sensación
de que en realidad los recuerdos no son tales.
Uno, creo que es imposible el olvido.
Se habla tanto de la memoria como si fuera posible olvidar
pero realmente nadie olvida nada,
todos recuerdan todo.
Entonces el gran problema es saber qué se hace con los recuerdos
no cómo se evita el olvido.
No hay manera de olvidar,
qué se hace con los recuerdos.
Eso es dramático,
cada cierto tiempo que te enfrentas con situaciones donde eso es dramático.
Qué se hace con el recuerdo, qué se hace con estos asesinos, con estos torturadores,
qué se hace con esas cosas.
Como te digo, no se olvida.
Y tengo la sensación como de cierta simultaneidad,
como si todo hubiera pasado casi en este minuto,
en unos segundos.
Se me borra, por así decirlo, la sensación de que haya pasado hace mucho, mucho tiempo.
O pasó hace millones de años, o está pasando, o acaba de pasar
Y creo que ese libro ("ZURITA"), esos poemas,
reflejan esa doble sensación del tiempo,
como algo que ha pasado hace miles de años en el Pacífico,
incluso que está seco, que es un desierto,
y por otro lado está pasando eso.
Entonces creo que
uno permanentemente va construyendo,
no va reconstruyendo, va construyendo aquello que llamamos los recuerdos.
Son grandes construcciones que uno va haciendo en el presente,
y que, cuando escribí otro libro que tuvo que ver con eso,
que fue "El día más blanco",
se publicó en 1999,
también tenía sentido que lo que llamamos el pasado, el recuerdo,
lo creaba en ese momento,
y hoy día he vuelto de nuevo sobre eso como si ahora lo estuviera creando ahora,
ahora desde esta casa, mirando estas plantas,
mirando desde un presente.
El 79 era otro presente,
era un presente con un cerro de fondo, con un río que era el Cajón del Maipo,
entonces uno va construyendo,
va construyendo los escenarios para fijar escenas capitales de su vida,
pero uno lo construye, lo construye en el presente.
Es imposible separar el lenguaje del recuerdo.
Uno al hablar recrea, lo que cree recordar.
Lo crea en realidad.
Son como, es como,
si viviéramos vidas tan desgarradoramente reales y tan parecidas al sueño al mismo tiempo.
Entiendo que la memoria
es una memoria espacial,
es una memoria corporal,
siempre está dentro de lo que llamamos el lenguaje,
pero no necesariamente reside en la escritura.
No es el reflejo, es un reflejo,
pero no necesariamente tiene una superioridad sobre los otros.
Una de las exigencias más feroces de la cosa de la poesía,
cuando tú te declaras a alguien,
a alguien que amas, de quien estás enamorado,
por lo menos antiguamente nos declarábamos,
en la declaración está
no solamente lo que tú vas a decir,
que generalmente no te sale,
te sale por el lado menos inesperado.
Está el nerviosismo,
el temblor, el tartamudeo,
eventualmente las lágrimas,
todo está expresando, todo.
Uno se pudo haber aprendido todo el discurso de memoria y no sale ninguna palabra
Entonces, un poema tiene que ser,
que tiene solamente palabras y el blanco de la pared,
que no tiene ni lágrimas ni temblores ni balbuceos, ni,
tiene que ser tan o más emocionante que una declaración.
Entonces por eso es difícil
porque cómo pongo recuerdos que tienen tantas cosas asociadas,
"ayer nació mi hijo",
cómo logro poner todo eso,
en este instrumento tan acotado que es la escritura.
Claro,
si llegara a ser un gran escritor lo haría,
pero es difícil
porque es un instrumento muy restringido.
Hay una cosa en el "Diario de la muerte", de Enrique Lihn
que dice "el dolor no cabe en la palabra dolor"
o sea lo rebalsa,
y el amor tampoco cabe en la palabra amor.
Uno habla y dice "mesa", dice "silla",
los otros seres humanos antes todos han dicho "mesa" o han dicho "silla".
Entonces uno no es Adán,
uno es el resultado
de una corriente inmemorial de difuntos,
que por alguna razón
no se cortó.
O sea, tú tienes consciencia de tus padres,
o de tu madre,
o del que está contigo,
tienes consciencia de tus abuelos, posiblemente,
y la gente cada día dura más años,
es muy común conocer a la bisabuela,
pero ya a la tatarabuela no,
ni a la madre de tu tatarabuela tampoco.
De repente no te das ni cuenta
y estás trescientos mil años atrás.
Hubo una cadena que no se rompió,
que el que iba a ser la madre de tu padre no pereció en una de las pestes,
o el padre de tu padre no pereció triturado por un mastodonte,
me entiendes,
y estás finalmente acá.
Entonces la lengua es todo,
todo eso que han ido construyendo, todo.
Tú lo que haces es interpretar la lengua que van dejando los difuntos
y el mar de la lengua es la gran memoria
que es lo que recoge todo y a lo cual todo vuelve.
Del mar de la lengua de repente salen unas olitas, así, eso, Platón.
Otras olitas,
"Residencia en la tierra", de Pablo Neruda,
otra olita, James Joyce,
otra olita, "La Divina Comedia",
y está entre medio el lenguaje de la bandera, del Cantinflas,
todo, todo nace de la lengua y todo vuelve a ella.
Y nosotros estamos hechos por ese, ese es el mar que nos constituye.
Entonces, cada vez que hablamos, de otra forma,
hacemos que todo ese mar vuelva a hablar,
entonces yo creo que hablar es darle la oportunidad a tus difuntos,
de volver a tomarse la palabra.
Entonces cuando atacan a Neruda
porque dice "sube a nacer conmigo hermano, hablar por mis venas y mi sangre",
dicen "qué se cree este gallo,
uno apenas habla por uno y va a estar siendo intérprete de los muertos".
Es exactamente al revés. Uno siempre interpreta a los muertos.
Hablar por uno sería un error.
Entonces
nosotros reinterpretamos permanentemente
esa partitura general del idioma,
de lo que hablaba, aquello que nos precedía.